lunes, 15 de agosto de 2016

El positivismo: Augusto Comte

Augusto Comte
(Auguste Comte; Montpellier, 1798 - París, 1857) Pensador francés, fundador del positivismo y de la sociología. Con la publicación de su Curso de filosofía positiva (1830-1842), Augusto Comte apadrinó un nuevo movimiento cultural del que sería considerado iniciador y máximo representante: el positivismo. Tal corriente dominaría casi todo el siglo XIX, en polémica y algunas veces en compromiso con la tendencia antagonista, el idealismo. Como todos los grandes movimientos espirituales, el positivismo no se deja fácilmente encasillar en las etiquetas de una definición estricta y precisa. En sentido muy lato, puede decirse que es una revalorización del espíritu naturalista y científico contra las tendencias declarada y abiertamente metafísicas y religiosas del idealismo.
El positivismo
Augusto Comte tomó el término positivismo del que había sido su maestro, Saint-Simon, responsable de su acuñación a partir de la expresión “ciencia positiva”, aparecida en el siglo XVIII. En la historia de la filosofía, se designa con esta palabra la corriente de pensamiento iniciada por Comte; surgida así en Francia en la primera mitad del siglo XIX, pronto se desarrollaría en todos los países occidentales durante el resto de la centuria.
Aunque se entiende el positivismo como filosofía contrapuesta al idealismo y, en particular, a la figura de Hegel (1770-1831), positivismo e idealismo hegeliano tienen puntos en común. Ambas corrientes parten de Kant (1724-1804), aunque desarrollan aspectos distintos: el idealismo, la idea kantiana de la actividad creadora de la conciencia; el positivismo, la necesidad de partir de datos y la negación de que el conocimiento metafísico pueda superar al científico. Como Kant, Comte cree inalcanzable el objeto de la metafísica porque el saber humano no puede ir más allá de la experiencia, y, al igual que Hegel, aborda la concepción de la historia universal como un proceso unitario, evolutivo y enriquecedor.
A pesar de la constatación de tales puntos de acuerdo, en la configuración de la filosofía del positivismo influyeron también otras corrientes varias, alejadas del idealismo: el empirismo inglés representado por John Locke (1632-1704) y David Hume (1711-1776), el materialismo (como negación de las substancias espirituales y reconocimiento únicamente de la existencia de substancias corpóreas) y el escepticismo del siglo XVIII francés.
La filosofía positivista
Inducido por el propósito de mostrar que la tendencia que sigue la filosofía es la de acabar siendo absorbida por la ciencia, Augusto Comte enfocó su estudio hacia el conocimiento de los hechos y de la sociedad, prescindiendo de cualquier tipo de anteposición de doctrina filosófica alguna. Así pues, convencido de que el objeto de la ciencia eran indudablemente el progreso y la paz, la metafísica tradicional (a la que tildó de especulativa por recrearse en polémicas insolubles) fue el blanco de sus críticas, si bien no como defensa de una postura filosófica o tesis elaborada, sino como una conclusión ineludible: el final de la metafísica era el resultado natural de la madurez que iba alcanzando la humanidad en su proceso evolutivo.
El positivismo de Comte es un discurso complejo que comprende al menos una teoría sobre el conocimiento, una interpretación sobre el sentido de la historia y una posición política ante la sociedad. En cuanto a lo primero, el positivismo afirma que, en sentido estricto, el conocimiento lo es sólo de datos verificables o “hechos” (esto es, de fenómenos cuya regularidad puede ser contrastada al modo de, por ejemplo, una ley física o química) y que todo conocimiento, además de cierto (indudable, exacto) y sistemático, ha de ser útil, es decir, ha de traducirse no en teorías, sino en un aumento de la capacidad de control e intervención tecnológica sobre los fenómenos.
Lo que caracteriza el advenimiento de una ciencia es el paso de una explicación teológica (las causas de los fenómenos son atribuidas a divinidades), o bien metafísica (las causas de los fenómenos son abstracciones personificadas), a una explicación positiva. Un saber positivo es un saber que instituye unas relaciones entre los hechos y renuncia a la explicación absoluta; no busca las esencias ni las causas de las cosas sino las leyes que las gobiernan. La ciencia positiva aspira a saber únicamente aquello que es posible saber; es una actitud de pensamiento que sustituye la pregunta "¿por qué?" por la pregunta "¿cómo?".
En cuanto a la historia, Augusto Comte considera que la humanidad progresa hacia el bienestar y la felicidad generales, poniendo el desarrollo científico y tecnológico como motor y meta de ese proceso. Es la llamada ley de los tres estados, según la cual la humanidad había ya pasado por dos etapas, denominadas por el propio Comte “teológica” y “metafísica”.
En la etapa teológica, los fenómenos naturales se explicaban por causas extrínsecas a la naturaleza e intervenciones sobrenaturales (por ejemplo, dioses o seres mitológicos); en la etapa metafísica, las fuerzas sobrenaturales fueron sustituidas en la explicación por esencias, causas o fuerzas inmanentes a la naturaleza pero ocultas, que sólo podían ser confiadas al pensamiento abstracto (por ejemplo, el concepto de gravedad en física). La época contemporánea corresponde, a su entender, a una tercera etapa: la “científica” o “positiva”. En el estado “positivo” acabarán por borrarse los vestigios de las etapas anteriores, y el pensamiento abstracto y deductivista será sustituido por la comprobación experimental.
Por esa misma razón, la filosofía se convertirá en “positiva”, y su característica será que reconocerá que el verdadero saber humano se halla en las ciencias (una matemática, física, química o biología desarrolladas ya de manera autónoma); tal filosofía, ajena a cualquier intento de definir esencias, se dirigirá, en cambio, al establecimiento de los hechos y de las leyes que los regulan. En sus últimos años, sin embargo, Comte estableció una síntesis subjetiva de sus planteamientos anteriores resumida en el concepto de “religión de la humanidad”, duramente criticada por su discípulo Émile Littré por considerarla una vuelta al espíritu teológico.
Por último, el positivismo de Comte entiende los problemas sociales como desórdenes orgánicos del sistema y propone como solución reformas (ejecutadas por el poder y a la fuerza, si es necesario) que integren funcionalmente a todos los miembros de la sociedad, a la humanidad entera. Comte considera que el progreso social es paralelo al desarrollo de las ciencias positivas, advirtiendo en las ciencias una relación inversamente proporcional entre el grado de complejidad y el ámbito de aplicación. Así, la primera ciencia serían las matemáticas, aplicables a todos los campos, pero de complejidad reducida. Después vendrían la física, la química, etc., hasta llegar a la ciencia más compleja de todas y cuyo único ámbito de aplicación sería la sociedad humana: la sociología. El objetivo último de la sociología sería controlar el sistema social estableciendo de manera positiva y útil relaciones entre sus diversos fenómenos.
La sociología
Por las ideas contenidas en el párrafo anterior se considera a Augusto Comte el fundador de la sociología. Para Comte, la creación de una sociología independiente está dirigida por la ley de la evolución del espíritu humano. Al emprender la famosa clasificación de las ciencias, Comte enumera seis de ellas, que clasifica por orden creciente de complejidad, de las más generales a las más particulares: las matemáticas, la astronomía, la física, la química, la biología y la sociología.
Pero esta última todavía ha de ser creada. De ahí el tema constante del pensamiento de Augusto Comte: el progreso científico no es nada si no culmina en una ciencia social, y la ciencia social no puede establecerse si las ciencias que la preceden en la clasificación no han sido lo suficientemente desarrolladas. Comte imaginaba esta sociología aún no constituida (por la enorme dificultad que entraña explicar la complejidad del comportamiento social) como una "física de las costumbres" o "física social" que descubriría las leyes de las asociaciones humanas y permitiría formular una reforma práctica de la sociedad, regulando su destino ético y político.
Comte entiende la sociología como ciencia de los hechos humanos, y, a tenor de lo ya expuesto, es evidente que los hechos humanos se inscriben en la historia. Estudiarlos desde el punto de vista de su evolución es estudiar la dinámica social. Esta rama de la sociología encierra la ley del progreso de la humanidad, es decir, la ley de los tres estados que constituye la filosofía de la historia de Comte, en la cual el estado político está condicionado por el estado intelectual y por las creencias de una época.
Debe subrayarse sin embargo que, para Comte, la evolución de la humanidad no es discontinua: el paso de un estado a otro es anunciado por signos precursores, y siempre subsisten, en cada estado, vestigios del estado precedente. Así, el desorden de las mentes que culminó en 1789 se fue preparando desde el siglo XIV (decadencia del poder espiritual). Una época orgánica se extingue mientras otra se prepara.
Pero el progreso desemboca en el orden: toda evolución termina en un estado de equilibrio cuyo estudio es objeto de la estática social (a la que está dedicado el Sistema de política positiva, mientras que el Curso de filosofía positiva tiene por objeto la dinámica social). ¿Cuál es el fundamento del equilibrio de una sociedad positiva? No la Providencia (idea teológica), sino el descubrimiento positivo de que todo individuo sólo es lo que es por referencia a una vasta totalidad, la Humanidad. A partir de este tema, Augusto Comte construyó una teoría del Estado fundada en la religión de la Humanidad, una religión en la que los sumos sacerdotes tendrían que ser los sabios y los filósofos; tal religión, en la formulación de Comte, contenía además una serie de elementos cuanto menos pintorescos, y fue rechazada por muchos positivistas.


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